
Partir de una textura base
Elegí una superficie predominante, como el lino de una cortina o el algodón de un cubrecama, y usá esa textura como punto de referencia para el resto del ambiente. Esto evita que cada pieza compita por atención y facilita decisiones posteriores sobre color y volumen.
Sumar contraste con moderación
Una vez definida la base, incorporá una o dos texturas de contraste: una pana con relieve, un tejido acanalado o una funda con bordado sutil. El contraste funciona mejor cuando se repite en dos o tres puntos del ambiente en lugar de aparecer una sola vez.
Cuidar la proporción
Las texturas más gruesas o con volumen, como mantas tejidas, funcionan bien en piezas de menor superficie. Las texturas lisas, en cambio, permiten cubrir superficies más grandes sin saturar visualmente el espacio disponible.
Pensar por ambiente
Un living admite mayor variedad de texturas que un dormitorio, donde suele buscarse una atmósfera más uniforme y de descanso. En el comedor, la combinación de mantel, camino y servilletas ofrece una oportunidad concreta para aplicar este criterio a pequeña escala.